Una pareja ante la playa

La cafetería Tiburón se sitúa en un extremo de la Avenida Europa. El Casco Histórico queda a cuarto de hora, es decir, retirado para una ciudad pequeña. El techo está pintado de azul cielo. Las paredes presentan distintas tonalidades de amarillo.

—Todavía recuerdo el día en que elegimos la decoración. Justo veníamos de la Luna de Miel en Formentera —apunta la dueña—. ¡Éramos unos críos! Quisimos traer todo aquello a Toledo. ¡Vaya si la trajimos! Antes de pintar, cambiamos el suelo. Las baldosas, quemadas y marrones, son la arena.

Es media mañana. Todos los clientes, incluso los extranjeros, son residentes. Los turistas no se alejan del Casco Histórico. En la barra del Tiburón, se despachan los cafés con leche, los cortados, los manchados y los solos con hielo.

—Algunos, como Fátima y su chico, piden té rojo —indica el camarero de las mañanas—. El té verde, en cambio, nada. Aquí no tiene salida.
—¡Mejor tenerlo! —reflexiona la dueña—. Basta que un día un bolo se nos ponga payasete.

Entra la tarde. Los colegios de la zona liberan a los más pequeños. Dos policías locales llegan a la Avenida Europa. Una madre pita a otra madre. Un padre estaciona en un vado. Varios progenitores aparcan en doble fila. El agente más joven rompe a sudar mientras su compañera, más canosa, regula el tráfico. De repente, salen gritos infantiles del Tiburón.

—¡Pero hablo yo primero! —Un trasto se apunta a sí mismo.
—¡Anda, quita! —Su hermano, otro renacuajo, lo aparta y se centra en el móvil— ¿Mami?
—¿Mami? —El padre levanta la vista del iPad— ¿Pero qué hacéis llamando a mamá? ¡Dadme el teléfono ahora mismo! ¡No os lo digo más!

Al tiempo que Israel vuelve del baño, los diablillos echan a correr. Israel se topa con ellos, pero deja que sigan su curso. El padre se apresura en pagar la cuenta para salir detrás de su prole. Israel se gira, busca las pupilas de Fátima y sonríe.

—Nuestro futuro —Israel guiña el ojo izquierdo.

Fátima permanece inmóvil, excepto para llevarse una mano a la oreja.

Cae la tarde. Muchos deportistas se acercan desde la Escuela de Gimnasia, un viejo espacio reservado para los militares, ahora reconvertido en un centro deportivo municipal. Fátima y su equipo vienen de sudar la camiseta.

—¡No sé qué me ha pasado! Ni que tuviese manos de mantequilla —Fátima se hace pequeñita—. Lo siento, chicas. He estado ausente. Habéis jugado sin portera.
—¿Aquarius de limón o de naranja? —El camarero vespertino interrumpe.
—¡Anda, bolo! Hoy es viernes. Saca unos botellines —Fátima mira al infinito, en realidad, a las paredes amarillas, y en cierta forma, al sol de la costa balear—. ¡Quita! Mejor vamos a tercios.
—¿Tercios? ¡Hoy estamos animadas! —El camarero ríe más vacilón que sorprendido.
—Es un modo de decirlo —Fátima baja la voz y se rasca el pelo.

Las horas pasan. Mahou hace su agosto. El camarero de la tarde acaba su jornada. Las compañeras de Fátima ya no están.

—¿Estás bien, cielo? —se preocupa la dueña.
—Tuviste que haber visto al padre del iPad —balbucea Fátima.
—Veo a miles de madres y padres cada día. Mírame, Fátima. No me has contestado.
—¡Estoy fenomenal! ¿Por qué no iba a estarlo? Trajiste la playa a Toledo —los lagrimales de Fátima piden paso—, muchas gracias.
—Algo te pasa —la dueña insiste.
—Israel quiere construir castillos aquí —Fátima da un pisotón—, sobre estas baldosas marrones. Espera dos palas y un cubo. Espera un mocoso que le ayude.
—¿Y tú?
—¿Yo? Yo lo siento, pero la arena de playa no está para levantar castillos con enanos sino para echar un fútbol playa entre amigas.

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