Una historia sobre la prehistoria

Nada más advertir la llegada del joven, todos se acercaron a él, incluido el chamán. Pronto cundió la sorpresa y se lanzaron gritos de rabia. El joven volvía solo de la expedición. Había sido su primera experiencia de caza en grupo. Una caza, en principio, prometedora puesto que, una noche antes de la última luna llena, un rastreador había hallado restos de lana, una lana enorme e inconfundible. En el instante en que los cazadores vieron la lana, se reunieron para partir en busca del mamut lanudo.

Entre el griterío generalizado, el chamán carraspeó varias veces. Necesitaba no solo hacerse notar sino también calentar la voz. El lenguaje de la tribu era todavía primitivo, no lo dominaban con total normalidad y, en consecuencia, debían prepararse antes de conversar.

—¿Dónde nuestros cazadores? ¿Por qué solo? —preguntó el chamán.
—Yo, antes. Ellos, pronto.
—¿Dónde el mamut?

El joven sacó su cuchillo de piedra y se realizó un pequeño corte en el meñique izquierdo. Luego se agachó. Cogió arcilla del suelo. La mezcló con su sangre, con su saliva. Ante la mirada de la tribu, empezó a pintar en una de las paredes laterales de la cueva. Trazó tres escenas. En la primera, el mamut cruzando un desfiladero. En la siguiente, el mamut atravesado por varias lanzas. En la última, el mamut arrastrado por los cazadores. Todos quedaron asombrados. Hasta entonces, siempre habían concebido escenas aisladas. Nunca habían visto una secuencia plasmada en ninguna pared. Aquella secuencia describía un episodio del pasado inmediato de la tribu.

—Nuestro historiador —sonrió el chamán levantando la mano derecha del joven.

Todos imitaron aquella sonrisa y, entre saltos y bailes, se prepararon para el festín. El chamán, mientras tanto, fantaseaba con aquel momento: el nacimiento de la historia. A la noche, por fin, llegaron los cazadores. Aunque, en un primer momento, la alegría alcanzó su apogeo, de repente, la fiesta se aguó. Los cazadores se habían presentado con las manos vacías.

—¿Dónde el mamut? —les preguntó el chamán.
—Mamut, huido.

El chamán les acompañó a las imágenes del joven. Los cazadores las examinaron con atención. Luego señalaron al joven, agitaron las cabezas e incluso empuñaron sus lanzas.

—Mamut, huido. Joven, cobarde —le apuntaron con las lanzas—. Joven, cobarde y huido.

El chamán comprendió que el joven se había asustado y les había dejado tirados, lo cual posiblemente había decidido la suerte de la caza. Sus compañeros le responsabilizaban por completo y le empezaron a acorralar con un aire inquietante. El chamán, que tenía en mente el potencial de la secuencia de imágenes, se puso junto al joven.

—Paz —pidió el chamán.

Un cazador escupió, pero el resto bajaron sus lanzas y dieron unos pasos hacia atrás. El chamán ignoró al cazador díscolo, miró las tres pinturas, sonrió de oreja a oreja, abrazó al joven, y volvió a levantarle la mano derecha.

—Nuestro —el chamán tuvo dificultades para encontrar la palabra—, nuestro prosista.

El chamán comprendió que todavía no habían alcanzado el nacimiento de la historia. No era el momento. En cambio, habían partido hacia el mundo de la ficción.

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