Un cierre en la nada

Aquel mediodía Marta conducía por mitad de la nada. Ya antes de convertirse en profesora universitaria, Marta se había especializado en una rama compleja de la geología y, en sus ratos libres, se dedicaba a escrutar lugares remotos, en los que se solía encontrar con rocas y más rocas, lo cual tampoco era trágico pues, en palabras de Marta, «las rocas me han demostrado más humanidad que todos mis ex juntos». Aquella vez, sin embargo, se topó con un pueblo que contaba con una gasolinera. Marta, que normalmente desconfiaba de las oportunidades de la vida, miró el indicador de combustible y contra todo pronóstico, aprovechó la oportunidad para repostar. Así que aparcó al lado del surtidor de gasolina 98, bajó del vehículo y se quedó mirando a la única puerta que había en la gasolinera.

—Buenos días —saludó Marta sin saber a quién y con los ojos en la puerta.
—Hola —se oyó desde el otro lado de aquella puerta.

Al instante, José, uno de los gasolineros y el único que estaba trabajando aquel día, se asomó y al ver a Marta, se chocó con una mirada que, a partes iguales, le recibía con impaciencia y desconfianza.

—Veo que no eres de aquí —adivinó José—. Debes llenar el depósito. No encontrarás otra gasolinera en varios kilómetros a la redonda.
—De acuerdo —asintió Marta.
—¿No prefieres gasolina 95? Te puedes ahorrar un pico.
—No, gracias.
—Como veas. Aunque bien pensado, no te falta razón. No hay que racanear en estas cosas. ¿Qué te trae por aquí? Aquí no hay nada. ¿Te has perdido?
—En realidad, aquí se encuentra todo cuanto necesito.
—¿En serio? Tienes que necesitar muy poco. Bueno, eso es fantástico, pero…
—Disculpa —interrumpió Marta—. Me apasiona hablar con desconocidos, pero tengo diversas tareas por cumplir y te agradecería que comenzases a llenar el depósito.
—Lo siento —se disculpó José, un tanto aturdido y ciertamente cortado.

José cogió la manguera del surtidor y procedió a realizar su trabajo. Mientras tanto, Marta sintió su estómago y recordó que estaba en mitad de la nada, o mejor dicho, en un pueblo perdido en mitad de la nada, un lugar cuya gastronomía desconocía. Marta no tardó en deducir que José, además de gasolinero, debía conocer la zona. Con todo, pedir una recomendación culinaria, tras haberle dado semejante corte, podría ser ingenuo.

—Aquí hay multitud de minerales, de hecho, en tiempos de los romanos, hubo un importante yacimiento —empezó a explicar Marta para sorpresa de José—. Yo, en términos simples, me dedico a estudiar rocas.
—Agradezco los términos simples —dijo José antes de soltar una carcajada.

La carcajada pilló por banda a Marta, dado que ella estaba acostumbrada a gente estirada incapaz de perdonar cualquier corte.

—Lamento mis anteriores palabras —se arrancó Marta—. Te debo una disculpa.
—No, no pasa nada. Suelo hablar por los codos. No eres el primer cliente que se cabrea.
—Mayor motivo para arrepentirme. Detesto comportarme como un sujeto cualquiera.
—No lo haces. Aquí nadie se disculpa. ¿Qué buscas en ese yacimiento?
—Es largo de explicar.

Marta no sabía cómo abordar semejante explicación. En aquel momento, ya con el depósito lleno, sintió que José, del que, en realidad, no sabía el nombre y que, por tanto, seguía siendo un desconocido, le preguntaba de verdad. Marta se había quedado en fuera de juego, pues no estaba acostumbrada más que a la indiferencia de su entorno y a la soberbia de cuantos hombres había conocido a lo largo de su vida. De pronto, su estómago rugió y en tal rugido, vio una nueva oportunidad.

—¿No conocerás algún restaurante cercano? —preguntó Marta.
—Por supuesto que sí. Ve a Casa Antonio. Entra al pueblo. No pares a preguntar y sigue recto. En la plaza, te tropezarás con su letrero. Eso sí, entra sin hablar con nadie.
—¿Me prohíbes hablar?
—Sí —afirmó José entre risas—. No te preocupes, pero Antonio tiene mala fama.
—¿Me recomiendas un restaurante con mala fama?
—¿Mala fama? ¡Una fama de pena! Verás, a Antonio no le aguantan ni en su casa. Es un mal tipo, pero cocina genial. ¿Qué quieres que te diga? En el pueblo no lo entienden, pero yo pago por comer bien, no para hacerme colega de Antonio.
—Curioso. Eres una persona que rebosa humanidad y pese a ello, no te incomoda la antipatía de ese tal Antonio.
—Soy práctico.
—¡Perfecto! Yo también seré práctica, pero necesitaría contrarrestar, de algún modo, la famosa antipatía de Antonio. ¿Se te ocurre alguna idea?
—Sí, pero no es mi estilo escapar del curro.
—Tampoco es mi costumbre invitar a desconocidos, pero no voy a desperdiciar esta oportunidad.
—Si te digo la verdad, pasan pocos coches y nadie notará, en mitad de la nada, una gasolinera cerrada.

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