Mi vida como araña

Antes de convertirme en una mujer de mediana edad, mi voz no me traicionaba con temblores. Aquel día me encontraba en el chalé de Santiago, mi amante. Acabábamos de comer en la planta baja. Pese a que estaba descamisado, Santiago sudaba como un pollo. Yo, en cambio, ni una gota. En plena juventud, mi piel no era transpirable. Su hermetismo impedía cualquier rastro de sudor. Un hermetismo muy oportuno ante mi audiencia, pero que me sofocaba ante aquel calor. «Esto es una mierda», Santiago dejó de rebañar su plato. Lo apartó de un manotazo. El plato se topó con la botella de vino. La botella se ladeó. Aunque Santiago volvió a mencionar la «mierda», no se derramó ni una gota de vino. Yo ni siquiera lo había olido. Él se había despachado la botella a gusto. Comido lo que había por comer y bebido lo que se podía beber, Santiago llenaba su boca con la palabra «mierda». Me costaba recordar qué había visto en él. De pronto y por fortuna, llamaron a la puerta y dejé de cuestionar mi telaraña afectiva. «Será el vecino o alguna amiga», solté. Por entonces, ya me conocía la rutina de nuestro romance.


Mientras Santiago se ausentaba, yo abrí la puerta. Ignoro qué cara puse, pero me topé con una desconocida. La rutina se interrumpió. Me impresioné. La impresión me paralizó las cuerdas vocales. No saludé. La desconocida irradiaba belleza, tendría mi edad y vestía con estilo. Su estilo no abrumaba, pero denotaba cierto nivel social, o mejor dicho, una posición económica holgada. Yo, si acaso, vestía así cuando cantaba en los teatros. Me pregunté si aquella joven habría venido con prisas. Estaba pálida y respiraba con fatiga.


Entre mi asombro y su respiración fatigada, ninguna reaccionamos. Santiago, de vuelta y ya con camisa, fue quien rompió el silencio. Arrojó otro «mierda». Ese «mierda», indudablemente más sonoro, retumbó en mis oídos. La desconocida aceleró su respiración. Resultó incriminatorio. No pensé. Más bien, pensé rápido. La desconocida posiblemente fuese otra amante. Me tiré a su pelo. Pese a que la otra no ofreció resistencia, ella apenas se despeinó y yo perdí una uña. Desvié mi atención hacia esa uña. Santiago aprovechó mi despiste y tras otro «mierda», me sujetó. Retenida por los brazos de mi amante, observé a la otra. De súbito, su palidez había cogido un rojo intenso.


«¡Sois todos unos cerdos!», grité. Pensaba en Santiago y también en mi representante. Mi representante era, a la vez, mi marido. Malo como representante, con todo, era mejor representante que marido e incluso así, rara vez podía yo vestir como esa otra. Mi carrera musical se desarrollaba más en los bares que en los teatros. En un bar, no en uno de los peores, conocí a Santiago. Santiago me prestó más atención que al vino y no maldijo ninguna «mierda». Tras el concierto, fuimos a una sala multiuso que hacía de camerino. Allí tejí la telaraña afectiva.


Sin embargo, delante de la desconocida, delante de esa otra, me convertí en una mosca, una mosca atrapada en los brazos de Santiago. Cuando me calmé y Santiago apartó sus brazos, no acepté explicaciones. Por entonces, yo era joven y vivía de mi voz. Arreé un portazo. Abandoné el chalé. Mi voz no tembló y si hubo temblor, no lo noté.

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