El novelista

Aquel día Ernesto Julca ultimaba la corrección de sus páginas en blanco. Ninguna palabra, ninguna restricción. Serían los lectores, de este modo, los que formularían el relato. Ernesto Julca pretendía azuzar, tal vez acompañar, pero jamás guiar. Se reservaría, con todo, la autoría de la obra. Ernesto Julca cedía la potestad creativa, pero no así los derechos de explotación.

El reencuentro

Morrisons, en el Centro Merrion, era un típico supermercado inglés. Las máquinas de pago automático sustituían a las cajeras. Las lentejas se escondían en el pasillo de productos exóticos. Rodeado de descuentos, tropecé con el pasado. Derramé las bolsas ante su belleza. Por megafonía, promocionaron unos lácteos. No nos movimos. Los reponedores irrumpieron, ella se marchó y yo recogí las legumbres caídas.

Lo aprendido

Íbamos a «San Pavo» a ver la «nueva pota», pero mi padre dio un volantazo y nos plantamos en Madrid. Se entrevistó con el presidente de la Real Academia. Estuvieron horas. Los académicos, muy rigurosos, se resistían a simplificar la fonología del castellano. Mi madre, más práctica, consultó al logopeda. El fracaso paterno es obvio. Las reglas de pronunciación se mantuvieron. Mi madre, por el contrario, conoció el éxito. Pronuncié San Pablo. Sin embargo, jamás dije potra. Ya era una yegua. No perdí el tiempo con el pasado.