Sin tocar el suelo y otros impulsos

I

Pedimos volar, movernos por las tres dimensiones. Sin embargo, cuando andamos, seguimos caminos, nos movemos por una única dimensión. Saltar de dos dimensiones a tres sería un desafío loable, pero no es el caso. Explorar las tres dimensiones desde la única dimensión a la que nos hemos aferrado es una, una. La verdad, no encuentro la palabra.

II

Estúpida temeridad. Eso es.

III

Un impulso.

Un epitafio equivocado

Otro tiroteo tras una breve bulla. La palabrería deja paso al silbido de la munición. No me muevo del sofá. No cierro las ventanas. No corro las cortinas. La Villa tiene más cementerios que escuelas e institutos: dos frente a una y cero. Los Melguizo siempre hemos ido al cementerio viejo, al de la avenida Manrique. El tiroteo, en una calle no muy lejana, va a más. Me levanto, paso junto a la ventana sin detenerme y, ya en la cocina, bebo del grifo a morro. El agua, que no debería tener sabor, lo tiene. Da igual. Me doy la vuelta y veo el retrato de mamá con una pequeña foto carnet de Magda.

―En cuanto acabe el tiroteo ―me coge mi hermano por banda―, vamos al cementerio nuevo.
―¿Quién se nos ha podido morir de esos? Allí no tenemos a nadie. A nadie, de nadie, ni a Magda, ya sabes, no quiso saber nada.
―Viene de atrás ―se para―. Es una larga historia ―se vuelve a parar con un titubeo impropio en mi hermano―. ¿Te acuerdas de don Ignacio?

Todos le llamábamos Nacho. No sé si por cercanía o por falta de respeto hacia él o a su asignatura. No era mal profesor, pero eran otros tiempos. Mi hermano, por razones que se me escapan, era de los pocos que le trataban con formalidad.

―Toma. ―Mi hermano me brinda una corbata―. Y ve a por tu chaqueta.

Aunque nunca usamos corbata, no le llevo la contraria. Saca otra para él. Ambas son grises, prácticamente negras. El tiroteo cesa y salimos. Paramos por la avenida Manrique a por unas flores, mejor dejar el dinero en casa. Pese a la parada, no tardamos en llegar al cementerio nuevo. El nuestro es un pueblo pequeño, con dos cementerios, pero pequeño.

―Guarda la compostura ―me advierte mi hermano―. Pisamos suelo hostil.
―Nacho no creo que me conmueva.
―Bueno ―le vuelve a dar ese inexplicable titubeo.

Tumbas y más tumbas. La Villa es un pueblo pequeño con dos cementerios apelotonados. Silba, a cierta distancia, alguna bala. No estamos en el mejor sitio para oírlas, pero seguimos mirando epitafios. Ninguna pertenece a los Melguizo.

―Recuerda la compostura ―me repite mi hermano tras detenerse frente a una lápida.

Una inscripción, no muy vieja, ya avisa: «cualquier epitafio hubiera sido equivocado». El aviso no me despierta ningún interés hasta que me encuentro con el nombre y resulta el nombre más equivocado: Magdalena Melguizo. No sé qué me pasa, no sé qué hago, digo o pienso; salvo un bofetón de mi hermano y su insistencia con la «compostura».